Hilda Inés Pardo
¿Qué te mostró
la noche, en sus primeros sorbos, que te obligó a recluirte en el silencio?
Seguro le viste
los pies de monstruo en tu camino de regreso o se quitó la máscara de invisible
demonio para reír en tu cara lavada. Tal vez, con sus uñas afiladas de misterio
y honduras, abrió la alta puerta del infinito. Adivinaste que la eternidad se
parece al vacío del cielo nocturno.
O tal vez, sus
secuaces, vestidos de ladrones, soltaron un ejército de sombras a tu espalda y te
acompañaron hasta el medio día que borra las dudas.
Es posible que
el llanto de las calles cerradas con luz mortecina te tocaran las sensibles
cuerdas del corazón.
Porque te llamó
la tierra vestida de asfalto y te asaltó la soledad, extendida en mínimas
faldas ¿se te movió el piso húmedo o tus gatos aparecieron en los tejados
ajenos?
De pronto en la
esquina doblada iba tu casa caminando al futuro, con la puerta cerrada y las
llaves perdidas.

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