Javier
Rosero Calderón
“En la montaña las flores
cultivaba el guerrillero,
y en los caminos sin minas
cantaba alegre el arriero.
Del otro lado cantaba
el soldado del gobierno;
él admiraba a las flores,
en verano y en invierno.
Cada uno de ellos portaba
en vez de fusil una flor;
su corazón florecía
entre la paz y el amor.
Eso fue lo
que soñé”,
contó al
abuelo su niña,
mientras regaba las flores
que vivían en
su campiña.
Con una dulce sonrisa
y con un beso en la frente,
el viejito bonachón
acarició a la inocente.
“¡Qué lindo sueño tuviste!”
Le dijo mirando al cielo
“Yo pediré al
Creador
Para que cumplas tu anhelo.
Pero antes he de contarte
que esta villa
que habitamos
alguna vez sí nos vio
comportarnos como hermanos.
Recuerdo que allá en las lomas
Subían y bajaban mulas;
Cargaban sueños y
vida
Do suben y
bajan balas.
Y es que la paz, niña mía,
del alma ha de florecer.
La paz empieza por casa;
Y así tú vas a crecer.
Mas como tú eres buena
Nuestro Dios te ha de escuchar.
Por la paz y la hermandad

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