lunes, 10 de febrero de 2014

Insubsistencia


                                                                          Javier Rosero Calderón


─ ¿Vieron eso?
─ ¿Qué? ─preguntó  Rengifo, un poco inquieto.
─ ¡Esa bandada!
─ ¿Cuál bandada?
─ ¡Esa que pasó! ¡Eran muchos!
─ ¿Muchos qué?  
─ ¡Muchos cuerpos!
─ ¿Cuerpos de qué?
─ Cuerpos…seres…no sé…¿¡cómo lo diría!? A esa velocidad, imposible  identificarlos.
─ ¡Mejor concéntrate en tu trabajo! No sea que vaya y te les unas ─dijo, y dejó escapar una risa forzada.
─ ¡No empieces, Carlos! ─le dijo Arbeláez.

Tony Arbeláez  el compañero de oficina, retiró sus gafas con la mano izquierda y con la derecha se frotó los ojos por encima de los párpados. Miró a Mendoza  con fijeza, como queriendo explorar dentro de su cerebro; como si buscara una desconexión de neuronas. Sin pronunciar palabra, se le acercó y de la misma forma regresó al escritorio. Arbeláez era un hombre muy comprensivo y calmado para actuar.
Sin perder el panorama, Mendoza se separó de la ventana  para regresar  a su escritorio. Durante el resto del día no pensó en otra cosa que no fuera esa bandada, aunque fuera  tan  fugaz como una centella.
Al día siguiente le era difícil fijar la atención. Le parecía que los párpados le  pesaban  toneladas. Por momentos observaba imágenes superpuestas e incomprensibles de muchas cosas,  menos de   la bandada sobre  la calle que  pasó a ser como parte de un sueño maravilloso.
A eso de las diez de la mañana, sintió un fuerte aleteo  que le hizo volver de  inmediato. El grupo de voladores volvió  a pasar.  
─ ¡No me digan que hoy tampoco los vieron! ─dijo mientras corría hacia la ventana.
─ ¿Ver qué? ─preguntó de nuevo Rengifo, en tono sarcástico.
─Los hombres que pasaron volando  ─contestó con toda seguridad.
─ ¡El que está volando es otro! ¿Qué te fumaste? 
─ ¡Nada, hombre! ¡Los vi, los vi!
─   ¿Cuántos eran?  
─   No sé exactamente, ¡pero más que ayer!
─ ¿Y estás seguro de que fueron hombres?  ─preguntó haciéndole  mofa.
─ ¡Completamente! Bueno… al menos eran humanoides ─contestó sin inmutarse.   
─ ¿Tenían alas?                                                                                                                                                                                                  Pasaron tan rápido que no me percaté. Pero supongo que sí porque la vibración fue tan  fuerte como la de mil colibríes gigantes.      ─Poco le importaba que Rengifo continuara con su risa de idiota.
Junto al ventanal continuó escudriñando. Nada se había alterado. Tony, que había permanecido callado, murmuraba algo con Carlos. Desde entonces, cada vez que podían hacer comentarios absurdos querían hacerlo sentir como si le fallaran los sentidos. Tony consideraba que esa sería una forma de hacerlo salir de esa falsa percepción de la realidad, según ellos. Pero él se sentía muy bien; con un sentido adicional, inclusive; tanto que podía percibir lo que ellos, no. Les permitió seguir susurrando. No se volvió  porque su visión aguda escudriñaba entre los  rascacielos más cercanos al horizonte. Entre esos edificios se había confundido la bandada.
Después de  varias semanas  aumentaba en Mendoza el interés por saber cómo eran realmente y porqué podían volar a tanta velocidad, ascender y, en menos de un segundo, descender en picada; contorsionarse de nuevo y volver a subir para abandonarse en caída libre y recomponer el vuelo a pocos centímetros del suelo. En pocos segundos  alcanzaban el infinito  en formaciones perfectas, y se alejaban hasta ser sólo un punto que se perdía más allá de  los nubarrones, desafiando a la furia incontenible de los vientos en las alturas.
Muy pronto, en el transcurso de la mañana, tuvo que acudir al llamado del señor Arismendi. El jefe inmediato  contestó su saludo con una venia, como era su costumbre. Lo recibió en su oficina con un gesto de preocupación. Le señaló con la mano una silla. Su traje verdinegro contrastaba con una camisa rosada en tono pastel y la pincelada mágica la trazaba una corbata gris con pequeños puntos negros que parecían  desplazarse  hacia el fondo imitador de la lejanía  como sucedía con la bandada hacia el horizonte.
─Vamos a tener que hacer una nueva contratación para las horas extras; es necesario que descanses ─dijo mientras miraba una pequeñísima balanza de madera que había recibido como reconocimiento a su sentido de justicia y honestidad.  La conservaba sobre su escritorio.
─Doctor Arismendi, usted sabe que yo necesito de ese dinero extra.
─Por favor, tú sabes que no estás cumpliendo con las expectativas. De tu gran eficiencia es muy poco lo que queda. Incluso dentro de la jornada ordinaria ha decrecido  tu rendimiento.
─Le prometo, doctor, que lo tendré en cuenta. Conozco mis capacidades y voy a rendir al máximo.
─No dudo de tus capacidades. De todas formas, insisto en que es mejor que descanses. Un gran ingeniero, responsable como tú, es mucho el  esfuerzo mental que realiza cada día.
─Por favor, doctor Arism…
─ ¡Tranquilízate, Mendoza! Eres un gran profesional y, por eso mismo, necesitamos que estés bien. Te sugiero que solicites una licencia. Tú conoces tus  derechos y podrás  señalar el término. Luego serás reintegrado a un cargo superior, te lo prometo. ─Después de llegar a un acuerdo lo abrazó con su mejor gesto de caballerosidad y lo acompañó hasta la puerta.
Tan pronto empezaron a correr los días de la licencia Mendoza empezó a extrañar la oficina. También  la bandada que pasaba cerca, pero  sobre todo a Arbeláez, su mejor compañero y único amigo.
Una tarde, mientras leía un pasaje de La Biblia, sintió como un picoteo de miles de aves en las ventanas  de su apartamento. La bandada  se alejó tan pronto él se volvió para mirar. Desde entonces, y cuando menos lo pensaba,  las visitas se hicieron frecuentes y él las recibía con agrado, como si todo el tiempo las estuviera esperando. Sin embargo, por más que inventaba tretas, no podía mirar con claridad  a los voladores. Ni los espejos servían.
Pasados sesenta días Mendoza se reintegró al trabajo, la misma oficina, los mismos compañeros…lo mismo todo. Excepto el jefe inmediato: un recién egresado  con un pésimo historial universitario, pero con una posición social elevada, igual que su ego. Mendoza llegó a las diez de la mañana.
─ Buenos días, doctor.
─ ¡No cierre la puerta! Voy a ser muy breve.
─ ¡Disculpe, doctor!
─ Tengo entendido que te prometieron un ascenso, ¿no es así?
─Sí, doctor. Lo que pasa es que…
─No tienes que explicarme nada. He encontrado que su rendimiento laboral ha ido en deterioro. ¿Cree que mereces ser ascendido?
─El doctor Arismendi me aseguró que…
─Arismendi, Arismendi… ¡Arismendi  va a estar mucho tiempo por fuera! Es posible que no regrese. Ahora el jefe soy yo.
─Sí. Me enteré.
─Entonces entenderá que ahora las cosas son diferentes, ¿no es así?
─Sí.
─Sí, ¿qué?
─ ¡Sí, doctor!
─Así está mejor. ¡Ah! Lo llamé sólo para informarte que regresará a su cargo inicial con el que empezó en la empresa. Es la oportunidad para que me demuestre que puede volver a ascender
─Por favor, doctor, me ha costado mucho trabajo llegar hasta aquí. No es justo que…
─Aquí no tenemos la culpa de su infortunio. ¡Y no quiero escuchar más! ¡Cierra la puerta al salir!
Cómo deseó que los seres voladores pasaran, lo sujetaran y lo elevaran hasta tres mil quinientos metros y luego lo abandonaran en caída libre.
El doctor Buitrago, jamás contestaba un saludo a alguien que no fuera de rango superior. Lucía trajes finos. La asesoría de imagen la recibía de las distintas mujeres que, cada día, lo acompañaban a almorzar.   Siempre llevaba consigo un juego nuevo de cubiertos y un paquete de servilletas.   Los jabones chicos no le faltaban por docenas entre los bolsillos y el automóvil, y lavaba sus manos cada vez con uno nuevo, durante no menos de cinco minutos.
Al entrar en la oficina, Tony lo miró ahogando cualquier palabra y sólo acertó con un gesto con el que parecía decirle que no perdiera la fe. Rengifo salió  llevándose una mano a la  boca para controlar una carcajada, se dirigió a la oficina del jefe. Desde ese día, sólo  pasaron dos meses para  que, por acción del doctor  Buitrago, Mendoza fuera declarado  insubsistente.
Con el pasar de los días la bandada lo frecuentaba aún más, tanto que quiso pertenecer al grupo.  Empezó a practicar lo que podrían ser los intentos de volar. Los trucos básicos. Comía poco,  ejecutaba saltos en los que iba incrementando la altura y aumentaba la capacidad pulmonar.
Un día cualquiera se encontró en un lugar en el que, a su  juicio,  los jardines eran  inmensos y los prados tan amplios y tan bien cuidados  que la bandada, si se lo proponía, podía aterrizar sin riesgo de sufrir daños.  Sin embargo, pasaban rozando las copas de las coníferas. Creía  que a ellos tampoco  les gustaba acercarse  mucho a personas que vistiesen ropas blancas.  
Cuando trepó al pino le pareció que no era el más alto, pero  suficiente para mirar a la bandada que por primera vez se acercaba de frente. Desde allí podía observar cómo controlaban su velocidad. Integrantes.  ¡Son seres humanos! ¡Es fantástico! - se dijo - ¡Es algo que nunca había visto! ¡Muchos rostros me son conocidos! ¡Vienen hasta mis abuelos! En un solo instante recobró toda la alegría perdida. Venían sonriendo. Sus rostros lucían pálidos y resplandecientes, cortaban con el azul celeste. Se acercaron tanto que sintió  que era uno más. Se ladearon sobre el flanco derecho para hacer un giro, en medio de un viento suave, muy suave. Comprendió que era la última vez que los vería, pero entonces  pensó. ¡Ahora sí podré volar junto a ellos!
Cuando Tony Arbeláez llegó, se arrodilló junto al cuerpo horizontal de Mendoza. Tomó sus manos entre las de él y no pudo evitar las lágrimas.
-¡Pobre Mendoza carajo! ¡Ahora solo podrá volar su espíritu!


                                                                







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