Tenía los ojos
pintados de paisaje, una represa de tierra prometida en el pecho, los pasos
tatuados en la memoria de los pies. El polvo de su palabra se dispersó en el
hueco reloj del tiempo.
La llamaron de
muchas maneras, algunas que conocían sólo sus sueños. El mundo estaba sumido en
el silencio y cayó en la tentación de conocer las bocas sabias.
Había tocado el
cuerpo del viento con el polen, en los trastos que arrastra su paso de gigante,
una que otra palabra arrebatada a las lenguas ocultas. Ahora el cuerpo fluido
traía una mano larga, un golpe de metal ardiente, un solo pinchazo a la
memoria.




